¿Dónde están mis pinches pretextos? No los encuentro por ningún lado.
No sé en qué memento mi memoria, intoxicada de rencores, quejas y verdades a medias, se colapsó. Cuando era niño me daba terror irme a dormir; una mezcla de culpa, de odio, de frustración, de desamor, de discriminación y de tristeza provocaban que mis sueños nunca estuvieran chidos. A veces, cuando lograba dormir, en mi cabeza había una voz que recitaba una cuenta regresiva que me provocaba mucho miedo. Hoy esa voz ha modificado su rutina y ahora tiene un revólver cargado que desmadra, sin piedad, cualquier pensamiento condescendiente que tenga para mí mismo. Esos susurros de “Hazte pendejo”, “Está bien difícil”, “Deja que otro lo haga”, son desmembrados por la motosierra del “Haz que suceda”.
Pero no, no me malentiendan, pues en mí no habita gramo alguno de optimismo. ¡Sobredosis de pesimismo me ubican cuando algún mantra “coelhesco” amenaza con filtrarse en mi cerebro!
Cuando era adolescente, alguien con sus mejores intenciones me recomendó leer los libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, y yo, en mi urgencia por mejorar, sucumbí a 4 libros de este cabrón. El ecosistema, en donde se gestaba la ignorancia, era fértil para el apremio de lecciones moralinas de esos pinches libros culeros; historias exageradas y pésimamente narradas que, de manera muy mañosa y chantajista, provocaban que me identificara yo con los personajes y, entonces, no cometiera los errores idiotas de los mismos. Mirarme en ese espejo era el objetivo para, ahora sí, con esos libros en mi cabeza, “convertirme en una mejor persona” (sic). Libros con lecciones masticadas, libros con diálogos idiotas, libros que no me abrían ventanas de reflexión; sino que, como lector, era rehén de las ideas retrógradas del autor para hacer de este un mundo mejor. (lo que sea que esto quisiera decir.)
He aprendido a reírme de mi mismo, de mis pendejadas, de mis malas decisiones, de mis mentiras, de mis obsesiones. Me gusta escupir mi destino cuando todo amenaza con “ser lo que Dios quiera”. Me gusta transitar por calles no asfaltadas solo por el simple gusto de que mis zapatos se gasten y se ensucien. Me gusta deambular con la ropa arrugada, pues con eso le digo al mundo que sus códigos de vestimenta y su moda pasajera no forman parte ya de mi autoestima (por años hice lo imposible por vestir con ropa de marcas impagables y con trajes caros).
Me gusta apostar contra los que apuestan por mí, me gusta cagarme en mis zonas de confort y pintarle pito a todo aquel que insinúe que mi suerte ya está echada. Todo esto no es muy popular, pues al grueso de la gente le gusta pretender que una entidad divina es la responsable de que las cosas salgan bien. (Hubo una época en la que mi deporte favorito era evangelizar en temas de lo que yo presumía tener la razón y acusaba de pendejos a quien osara pensar diferente, el siguiente párrafo es un buen ejemplo de ello):
“Esta es la razón por la cual, cierta gente me acusa de ingrato, de mamón, de pendejo, creído y hasta farsante y mentiroso; sin embargo, me he percatado que eso, a la larga, no me importa y hasta en ocasiones los azuzo para que me arrojen las piedras de sus argumentos insulsos y pendejos; pues sé que, en el fondo, sí se están cuestionando y que, “si yo, que soy re pendejo puedo, entonces ellos por qué no podrían”. Y luego, cuando la pinche depresión o la tristeza amenazan con alcanzarme, la voz que les cuento les descarga sus balas sin misericordia alguna y al verlas caer me fumo un cigarro y sonrío.”
Así de diminuto tenía yo el EGO.
¿Quién nos guía hacia el abismo? ¿La ignorancia de creer o pensar que no somos lo ignorantes que deberíamos?
El suelo nunca será parejo para todos, la vida no es justa. Hay quien la tiene más fácil, pero eso no implica que quienes nacimos en la pobreza y marginación más culera y cruda no podamos hacer y ser lo que queramos; Y tampoco indica que quien tiene lo que nunca se ganó pueda ser digno de tales beneficios, en cualquier extremo: ¡Hay que chingarle!
Nos vamos a tropezar con nuestra ignorancia, con nuestra inexperiencia, con nuestro poco control emocional, con la corrupción, con el nepotismo, con la injusticia, con nuestro EGO, pero nos podemos levantar y arrancarle al mundo lo que, con nuestro trabajo y nuestras buenas decisiones, nos hemos ganado. Quitar la cara de pendejo y la condescendencia es lo que mañana nos traerá el éxito que nutrirá la felicidad que nos construyamos y no la que creemos merecer. Siempre que el abismo me abraza me dejo masticar hasta desaparecer y, entonces, vivo.
El mayor problema de este mundo es que el camino hacia la felicidad está pavimentado por libros de autoayuda, luego hay millones de personas, tratando de encontrar en un libro el secreto para hacer que su vida tenga sentido y valga la pena. Sin embargo, tal como a mí me pasó, estos libros pueden ser una ventana diminuta a la reflexión que nos permita entender que merecemos mucho más que un libro masticado y tendencioso y es entonces cuando debemos tomar la decisión… ¿Más Platón y menos Prozac o más Coelho y menos Sartre? ¿O que sea lo que Carlos Cuauhtémoc Sánchez quiera?

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