Regularmente no recuerdo lo que sueño. De hecho, me caga soñar, pues si estoy soñando chingón y me despierto, el desencanto deviene en encabronamiento y, si estoy soñando feo, pues… ¿a quién le gusta tener pesadillas?
Quizá esto que les cuento sea una más de mis recurrentes mentiras, pero si sigues leyendo esto, entonces vamos a asumir que me estas creyendo:
Ahí estaba yo, en un pinche sueño sin percatarme de serlo; me vi parado, frente a un espejo inmenso y desconocido. Me miraba desde atrás, con curiosidad morbosa. Mi voyerismo intrínseco se desparramaba desde mi asiento en primera fila. El reflejo del espejo miraba la causa de su origen, quien se puso a hacer gestos y poses ridículas, de esas que uno hace cuando solo los fantasmas miran. Después de unos minutos comenzó a jugar a imitarse a sí mismo y en algún momento el yo “real” se cansó del juego y dejó de moverse, ante el desconcierto del reflejo en el espejo, entonces éste comenzó a gritar sin sonido, como cuando le pones mute a la TV.
El yo “real” le dio la espalda al espejo, ignorando por completo al reflejo que desesperadamente gritaba sin emitir sonido alguno. Gritó tanto que la garganta se le comenzó a despedazar y lo rojo brotó por el esfuerzo; océanos de sangre le escurrían por el cuello y fue allí cuando, desde adentro, comenzó a golpear el espejo, que estoico resistió un golpe, dos, tres, hasta que se sintió estrellado, violado, destruido y en el último estertor explotó en mil pedazos. Todo esto sin sonido alguno. ¿Los espejos mueren o se convierten en cientos de espejos más pequeños, teniendo con ello un renacimiento? ¿Y si nosotros al morir también nos multiplicáramos? Mi reflejo ensangrentado saltó el marco del espejo roto y accedió con furia a la realidad en la que estaba aconteciendo mi sueño.
El yo “real” solo supo de esto cuando el reflejo desquiciado, clavó uno de los filosos pedazos del espejo muerto en una arteria importante; entonces, comenzaron a luchar. Ambos forcejeaban, diciendo maldiciones ininteligibles mientras salpicaban la estancia con el mismo tipo de sangre. El odio entre ambos se palpaba. Yo, desde mi cómodo sitio, me encendí un cigarro y ahí fue donde me di cuenta de que estaba soñando, pues actualmente estoy en mi época de no fumar. Me distraje un poco, pues una vibración del celular me avisó que tenía un mensaje y, mientras yo me iluminaba el rostro con la luz del teléfono, la sangrienta pelea seguía.
Un mensaje tardío, un mensaje sin sustancia, un mensaje genérico, un mensaje sin ganas, un mensaje monótono, un mensaje deliberadamente caducado que me anunciaba que, una vez más, debía tomar una decisión difícil, ¿o qué no los adioses siempre lo son? En eso, unos acordes de piano comenzaron a sonar de algún lugar imposible. Desencantado dejé de prestar atención al teléfono y, al voltear a ver a mi yo y a su rijoso reflejo, me di cuenta de que también estaban escuchando el piano y detuvieron su trifulca. Sorprendidos, sudorosos y ensangrentados buscaban la fuente de esos acordes melancólicos del piano…y, como un mantra, una frase comenzó a repetirse:
“Enjaulamos el tiempo para no recordar, que tú fuiste mi espejo y yo fui tu precipicio…” Cada vez más fuerte, retumbaba este dicho y cimbraba la realidad. El yo y el reflejo comenzaron a desesperarse y gritaban en mute. Y entonces el miedo comenzó a invadirme…
Un dolor en mis dedos me avisó que el cigarro se había terminado, fue en ese momento que la ansiedad empezó a sofocarme, busqué una salida, pero solo había paredes blancas acolchonadas, sucias, frías, y tristes. Y el estribillo en mi cabeza seguía retumbando… “Enjaulamos el tiempo para no recordar, que tú fuiste mi espejo y yo fui tu precipicio…” “Enjaulamos el tiempo para no recordar que tú fuiste mi espejo y yo fui tu precipicio…”
— ¿Qué chingados?
Entonces, ellos dos y yo nos pusimos a llorar desconsoladamente. Hacía mucho que no llovía así. En eso, reparé en lo que había en la mesa en donde estaba el cenicero: navaja oxidada y ensangrentada con un adorno en el mango que tenía grabada una letra L. La tomé en mis manos y sentí la mirada de los protagonistas de mi sueño. Al verme ambos gritaron un “¡No!” desgarrador, desde su garganta de arena. Ambos me miraban con desprecio, con lástima y con rencor, pero volví a mirar la navaja…Y decidí usarla.
“Enjaulamos el tiempo para no recordar, que tú fuiste mi espejo y yo fui tu precipicio…”
Dejé detrás de mí un precipicio, una celda, un fracaso, un olvido, un espejo roto, un pedazo de mi vida que me resistía a dejar escapar. Con la navaja despedacé una pared y me hice una salida de emergencia que creí que no existía. Ahora sé que sí, que siempre hay una, solo es cuestión de encontrarla y salir por ella justo a tiempo. Jamás volví, tenía las manos ensangrentadas y ningún tipo de remordimiento. Enseguida me desperté con una sensación de ligereza que me hizo suponer un nuevo principio. Fue en ese momento cuando entendí el uso correcto de los puntos suspensivos. Y decidí no levantarme, al menos no por ese día. Mañana empezaré a reparar lo que sea necesario para volver a comenzar. Ya no lloraré contigo, ni siquiera por solidaridad y eso me pone ante el precipicio del olvido al que saltaré después de este chingón y contundente punto final.


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