Todavía recuerdo aquella Navidad en los 90 (no puedo precisar el año, pues ya han pasado 30); sin embargo, eran los tiempos en los que, después de irme de casa, yo deambulaba apelando a la misericordia de los padres de mis amigos. Esto para que, aunque sea ese día, me permitieran dormir en sus casas.

Esa vez, la Navidad la estaba pasando en casa de mi amigo Mauricio, su mamá, principalmente, fue la que me invitó en dicha ocasión, todo esto por rumbos del metro Chabacano de la Ciudad de México.
En aquellos tiempos mi amigo tenía una relación con Paty, misma que no acabó nada bien para él; ella también era invitada en la cena navideña. En algún momento se terminó el alcohol así que hubo necesidad de ir a la casa donde ella vivía, con su hermano Fishman

La casa estaba a tres cuadras y, en plena madrugada, nos fuimos caminando para allá. Al llegar ahí, Paty se percató de que no tenía las llaves por lo que me tocó a mí brincar la barda, para enseguida abrirles y así poder entrar por lo que nos hacía falta…
Evidentemente esto, desde el punto de vista de cualquier vecino y en plena madrugada, era más que sospechoso. Bueno, el asunto es que me brinqué y les abrí la puerta. El nervio de que nos denunciaran se vino a sumar al riesgo de que Fishman llegara en cualquier momento, así que Paty entró por las botellas y nosotros nos quedamos en el recibidor de la casa. Para mí era como haber entrado a un santuario y, cuando Paty lo notó, me preguntó:
— ¿Quieres ver el cuarto de trofeos de mi hermano?
— ¿Qué? ¿Cómo? este….. ¡Pues claro!
Cuando entré fue algo mágico, algo que ni siquiera había soñado y que, todavía hoy al recordarlo, me produce una emoción muy cabrona, ¡una de las mejores experiencias de mi vida! Trofeos, fotos, la máscara de Sangre Chicana, la del Faraón, la del Cobarde, por ahí alguna del Solitario, carteles, cinturones, fotos con los meros chingones de esos días y un gran número de objetos, propios de una estrella de la lucha libre. ¡Tuve (y tengo) ganas hasta de llorar de la emoción!
A partir de ese momento puedo decir que adopté una postura casi de Fan from Hell, en la que estaba yo siempre al pendiente de cuando Fishman salía de su casa o llegaba. Esto se sumaba un poco a que mi amigo no era bien visto por el Señor así que, en conjunto con él, andábamos fiscalizando los movimientos de Fishman, mi amigo para poder ver a su amada y yo para ver si no se le ofrecía algo. Yo era casi como un doble agente.

Pasado el tiempo, tuve la fortuna de que el señor F me invitara a entrenar un par de veces al Gimnasio Nuevo Jordán, por rumbos de salto del agua, en donde estaba preparando a su hijo mayor, el que luchaba como Black Fish y que hace unos años perdiera la tapa de manera lamentable, además de que me invitó por un tiempo, como unos seis meses, a ir con él a las funciones en el legendario y hoy extinto, Toreo de 4 caminos.
Nos íbamos en su carro, con su familia (el actual hijo de Fishman era un bebé y a veces me tocaba cargarlo). Ya no estaba con Lola González (otra leyenda de la lucha libre mexicana), con quien también tuve algunas anécdotas que quizá algún día cuente. Teníamos siempre asientos preferenciales en Ring Side. Para mí todo eso ya era una experiencia épica y chingona, sin embargo, la cúspide de esta aventura fue cuando, después de una lucha de campeonato contra Pegasus Kid (Chris Benoit), llegamos a su casa, le ayudé a bajar sus cosas del auto y al despedirme, él abrió su maleta y me otorgó la máscara rota y sangrada con la que luchó ese día. Misma que todavía hoy conservo, y que me han querido comprar ya varias veces y en un muy buen dinero, sin embargo, no he sucumbido a deshacerme de ese gran recuerdo, por los mismos motivos que detonaron este texto.

Como ya lo dije antes, en aquellos años yo vivía de arrimado en diversas casas en las que me tendieron la mano por breves periodos, así que un día tuve que partir de esos rumbos y dejé de frecuentarlo…

Fishman para mí fue un gran amigo, un mentor, una influencia en mi formación, incluso yo estaba haciendo malabares para volverlo a ver, pues en ese tiempo me fui a vivir por rumbos de Tláhuac, a casi tres horas de ahí, (todavía no existía la línea 12 del metro) lo cual complicaba mucho empatar sus tiempos con los míos. A veces lo iba a buscar a su casa, pero no coincidía y así fue como, poco a poco, dejé de ir, pues luego se me hacía muy tarde para llegar a la mía…

Dejé de verlo como unos 20 años hasta que me lo encontré en un evento de lucha libre que se hizo en Expo Reforma, yo no tenía idea de que él estaría ahí y cuando vi un stand que tenía su nombre me sudaron las manos y mi corazón comenzó a acelerarse, me encaminé a verlo con mucha emoción, como aquella noche cuando lo saludé por vez primera…..
Quise saludarlo efusivamente pero no obtuve la respuesta deseada y entonces comprendí que el señor ya me había olvidado…

Nunca lo tomé a mal, pues entendí que para alguien con la estatura luchística, con la fama, con la piel de Dios de la lucha libre mundial que él era, la cantidad de gente que los rodea, con intenciones diversas es basta, luego entonces esa fue la última vez que lo vi, que lo saludé, e incluso lo abracé con emoción no recíproca.

Hoy me entero, por un buen amigo, de su muerte y la verdad me dolió mucho no haber podido estar cerca, saqué la máscara que me regaló hace más de 20 años, la miré por unos minutos, la olí y un pinchi Tiiiii en los oídos me atacó mientras unas pinchis lagrimas resbalaron por mi cara, al contemplar la legendaria tapa, misma que me puse mientras escribo este texto.
Nos morimos un poco cada que uno de nuestros héroes muere, sin embargo, me queda el recuerdo y me queda la experiencia de haber conocido a un ser humano bondadoso y chingón que un día de aquellos años 90 tuvo el detalle de invitar a un jovencito desnutrido que lo stalkeaba todo el tiempo con la intención de llamarlo maestro y amigo.

Gracias Fishman por esos momentos que me fortalecieron en épocas complicadas, y gracias a la estrella de la lucha libre que hoy deja de ser un hombre para convertirse en una leyenda.


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